El golpe de Estado de julio de 1936 constituye el punto de ruptura que dio inicio a la Guerra Civil Española. Concebido como una sublevación militar coordinada contra el gobierno de la Segunda República, fue impulsado por un sector del ejército que consideraba insostenible la situación política y social del país. La insurrección comenzó entre los días 17 y 18 de julio, iniciándose en el norte de África y extendiéndose rápidamente a la península. Sin embargo, el golpe no logró su objetivo de tomar el control inmediato del Estado, dando lugar a una división territorial y al estallido de un conflicto armado prolongado. El desarrollo del golpe evidenció la fractura existente en el seno del ejército, así como la polarización de la sociedad española. Mientras algunas regiones quedaron bajo control de los sublevados, otras permanecieron fieles al gobierno republicano, configurando dos zonas enfrentadas desde los primeros momentos del conflicto. El fracaso parcial del golpe de Estado convirtió una operación inicialmente concebida como rápida en una guerra abierta, marcando el inicio de un enfrentamiento que se prolongaría hasta 1939.